Cuando llevas más de 40 años enseñando artes marciales, probablemente pocas personas esperarían verte entrar en otra disciplina dispuesto a empezar desde cero.
David Buisan lo explica de una manera mucho más gráfica: cuando cruza la puerta de Lakbarz, entra como un «cinturón blanco de calistenia».
Su experiencia sigue estando ahí. También todo lo que ha aprendido durante décadas sobre movimiento, disciplina, enseñanza y control corporal. Pero en este espacio vuelve a ocupar el lugar del alumno, escucha a sus entrenadores y trabaja desde el punto en el que se encuentra actualmente.
Y ese punto de partida incluye una lesión seria de rodilla.
En este nuevo episodio de El Sillón de la Fama hablamos con David sobre artes marciales, calistenia, lesiones, docencia, paciencia y la importancia de seguir cuidando el cuerpo cuando pasan los años.
Pero hay una frase suya que resume especialmente bien toda la conversación:
«Yo quiero tener una vejez digna».
No habla de conseguir un físico concreto. Tampoco de levantar más peso que nadie o alcanzar una habilidad espectacular.
Habla de poder moverse, continuar dando clase y conservar durante muchos años la autonomía necesaria para seguir haciendo aquello que le apasiona.
Y quizá esa sea una de las mejores razones para entrenar.
De las artes marciales a descubrir la calistenia adaptada
David lleva prácticamente toda su vida vinculado a las artes marciales. Empezó con karate siendo adolescente y muy pronto tuvo claro que quería dedicarse a enseñar. Con los años amplió su formación, trabajó otras disciplinas y desarrolló una forma muy personal de entender la docencia y la defensa personal.
Por eso resulta especialmente interesante escuchar qué fue lo que llamó su atención de la calistenia.
No fueron los movimientos espectaculares.
De hecho, cuando veía a personas haciendo habilidades en los parques pensaba que aquello no era para él.
Lo que cambió su percepción fueron dos palabras: calistenia adaptada.
David lleva años trabajando con alumnos con situaciones y capacidades muy diferentes, así que encontrar una manera de entender la calistenia en la que el ejercicio se adapta a la persona —y no la persona al ejercicio— conectó inmediatamente con su propia filosofía.
A eso se sumaba su situación física. Su lesión de rodilla limitaba determinados movimientos y había capacidades que había ido asumiendo que ya no estaban a su alcance.
Por eso no necesitaba simplemente un lugar donde hacer ejercicio. Necesitaba que el entrenamiento tuviera en cuenta desde dónde empezaba.
El vídeo completo: David Buisan en El Sillón de la Fama
En la entrevista completa hablamos durante casi una hora sobre su historia, su experiencia como profesor, su lesión, el entrenamiento y la forma en la que entiende el paso del tiempo.
Entrenar hoy pensando también en mañana
Hay algo especialmente interesante en la forma en la que David habla de sus objetivos.
Con los años ha cambiado su manera de entender qué significa estar en forma. Su prioridad actual pasa por ganar movilidad, sentirse funcional y poder continuar haciendo su trabajo durante mucho tiempo.
En un momento de la entrevista explica que le gustaría llegar a mayor y seguir dando clases. Tiene referencias cercanas de maestros que continúan enseñando a edades muy avanzadas y eso le hace pensar en qué necesita hacer hoy para acercarse a ese futuro.
Porque envejecer es inevitable. La cuestión es en qué condiciones queremos llegar a ese momento.
El entrenamiento de fuerza, la movilidad y el control corporal dejan entonces de ser únicamente una cuestión estética. Se convierten en herramientas para conservar capacidades que utilizamos constantemente: levantarnos del suelo, agacharnos, caminar con seguridad, empujar, tirar o mantener el equilibrio.
David lo resume perfectamente durante la conversación: aunque debemos vivir el presente, parte del trabajo que hacemos hoy también es para el futuro.
Una lesión de rodilla y capacidades que parecían perdidas
Uno de los principales motivos por los que David decidió retomar con fuerza su entrenamiento en Lakbarz fue precisamente su rodilla.
Había movimientos que le costaban y otros que directamente evitaba. Las zancadas eran complicadas, levantarse del suelo suponía un esfuerzo y determinados gestos estaban condicionados por esa idea que aparece con tanta facilidad cuando llevas tiempo lesionado: «esto no puedo hacerlo».
El objetivo, por tanto, no podía ser ignorar la lesión y entrenar como si no existiera.
Había que trabajar alrededor de ella, adaptar los ejercicios y construir progresivamente nuevas capacidades.
Después de seis meses entrenando tres días por semana, David explica que se siente menos cansado, más funcional y con mucha más movilidad. Incluso ha empezado a realizar ejercicios que tiempo atrás ni siquiera imaginaba que podría volver a plantearse.
No significa que la lesión haya desaparecido ni que el proceso haya terminado. Él mismo insiste en que todavía queda trabajo por hacer.
Precisamente ahí está una parte importante de su historia.
El progreso no consiste en pasar de no poder hacer algo a convertirte de repente en otra persona. Muchas veces consiste en recuperar pequeñas parcelas de movimiento hasta darte cuenta, mirando atrás, de todo lo que ha cambiado.
Romper una barrera puede valer más que cualquier marca
Durante la entrevista aparece un momento que David recuerda especialmente: volver a hacer una pistol squat adaptada.
Desde fuera podría parecer simplemente un ejercicio.
Para él significaba otra cosa.
Su rodilla había creado una barrera no solo física, sino también mental. Había movimientos que estaban asociados automáticamente a la lesión y al pensamiento de que ya no podía realizarlos.
Conseguir volver a hacer uno de ellos cambió esa percepción.
Más adelante ocurrió algo parecido con las zancadas o incluso con ejercicios con salto. No porque ahora el objetivo sea hacer movimientos cada vez más difíciles, sino porque comprobar que su cuerpo vuelve a responder amplía poco a poco aquello que considera posible.
Esa sensación conecta directamente con algo que David ha vivido durante décadas como profesor de artes marciales. Para él, uno de los mayores logros de un entrenador no es conseguir que un alumno gane un trofeo, sino verlo superar una barrera que llevaba tiempo limitándole.
Ahora está experimentando esa misma sensación desde el otro lado.
Cuando un entrenador vuelve a convertirse en alumno
Este es probablemente uno de los puntos más interesantes de todo el episodio.
David lleva más de cuatro décadas dentro de las artes marciales y nosotros también nos dedicamos profesionalmente al entrenamiento. De hecho, la relación tiene una peculiaridad: él es nuestro profesor de artes marciales y nosotros somos sus entrenadores de calistenia.
Eso permite que durante la conversación aparezca una reflexión que normalmente pasa desapercibida:
un entrenador también necesita un entrenador.
Cuando llevas años enseñando es fácil acostumbrarte a ser siempre quien observa, corrige, decide y dirige. Sin embargo, eso no significa que seas capaz de verte desde fuera cuando entrenas.
David reconoce que cuando entra en una clase de calistenia deja a un lado sus grados y su experiencia previa. Escucha, aprende y acepta volver a empezar.
Y esa humildad tiene mucho que ver con el progreso.
Porque tener experiencia en una disciplina puede darte una base extraordinaria, pero no significa que debas saltarte el proceso de aprendizaje de otra.
En nuestro trabajo como entrenadores personales en Zaragoza vemos algo parecido continuamente. Dos personas pueden tener la misma edad y perseguir un objetivo similar, pero partir de situaciones completamente distintas. La función del entrenador no debería ser simplemente entregar ejercicios, sino entender a quién tiene delante y decidir qué necesita en ese momento.
Calistenia y artes marciales: dos mundos más próximos de lo que parece
A medida que avanza la conversación, también aparecen muchos puntos de conexión entre las dos disciplinas.
David considera que la calistenia podría ser una excelente base para multitud de deportes porque obliga a desarrollar algo fundamental: control sobre el propio cuerpo.
En las artes marciales ocurre algo parecido.
No basta con producir fuerza. Hay que saber dónde colocarla, controlar el movimiento y coordinar cuerpo y mente.
Esa similitud ha hecho que David incluso empiece a trasladar algunos elementos aprendidos durante sus entrenamientos de calistenia a sus propias clases.
Y también explica por qué su experiencia previa no desaparece cuando empieza desde cero. Aunque sea un «cinturón blanco» dentro de esta disciplina, lleva consigo décadas aprendiendo a moverse, observar y enseñar.
El conocimiento se suma.
Lo que cambia es el contexto en el que tienes que aplicarlo.
Paciencia y constancia en una época que quiere resultados inmediatos
Si hay dos palabras que aparecen como ingredientes fundamentales del progreso durante la conversación son paciencia y constancia.
David lleva seis meses en esta nueva etapa entrenando tres días por semana. Esa regularidad es una parte fundamental de los cambios que está experimentando.
Pero insiste especialmente en la paciencia.
Vivimos rodeados de vídeos rápidos, transformaciones inmediatas y mensajes que prometen resultados en muy poco tiempo. Esa forma de consumir información puede hacernos creer que aprender una habilidad o mejorar físicamente debería ocurrir igual de rápido.
El entrenamiento real funciona de otra manera.
Hay que repetir. Equivocarse. Escuchar. Adaptar.
Y dar tiempo al cuerpo para que responda.
Esto resulta todavía más importante cuando existen lesiones, limitaciones de movilidad o simplemente llevamos muchos años sin entrenar de manera estructurada.
No se trata de demostrar todo lo que puedes hacer durante la primera semana. Se trata de construir algo que puedas seguir haciendo dentro de varios años.
Mucho más que una hora de ejercicio
La parte física explica solo una parte de lo que David ha encontrado entrenando.
Durante muchos años su profesión ha consistido en estar pendiente de otras personas. Preparar clases, enseñar, corregir, acompañar y transmitir conocimientos ocupa gran parte de su tiempo.
En Lakbarz ocurre algo diferente: durante unas horas a la semana puede ser simplemente alumno.
David define ese momento como una «meditación en movimiento».
No porque entrene aislado. Todo lo contrario. Habla varias veces durante la entrevista del ambiente, los compañeros y la sensación de pertenencia que encuentra cuando viene a entrenar.
Pero ese rato es suyo.
Puede llegar con sus preocupaciones, entrenar y salir de allí habiendo dejado parte de esa carga atrás.
Esa dimensión del entrenamiento también adquirió especial importancia después de atravesar un momento personal muy difícil con la pérdida de su hermana. Retomar el entrenamiento formó parte de una decisión más amplia: volver a cuidarse para poder continuar haciendo aquello que le importa y estar presente para las personas que tiene alrededor.
Un gimnasio en Zaragoza puede ser algo más que un lugar donde entrenar
Cuando alguien busca un gimnasio en Zaragoza, normalmente piensa primero en las instalaciones, las máquinas o el tipo de entrenamiento que encontrará.
Pero la experiencia de David pone sobre la mesa otra parte que para nosotros es igual de importante: las personas.
Un entrenador necesita conocer al alumno para poder adaptar realmente el proceso. Saber que existe una lesión no es suficiente. Hay que entender qué movimientos generan inseguridad, qué quiere recuperar esa persona, cuál es su experiencia previa y qué espera conseguir entrenando.
Lo mismo ocurre con el ambiente.
David lleva toda una vida construyendo grupos dentro de las artes marciales y sabe perfectamente lo importante que es sentir que perteneces a un lugar. Por eso valora especialmente haber encontrado esa misma sensación desde el papel de alumno.
Al final, la adherencia no depende únicamente de tener una buena planificación.
También ayuda querer volver.
«Quiero tener una vejez digna»
Después de casi una hora de conversación, esta frase sigue siendo probablemente la que mejor resume la historia de David.
No quiere entrenar para demostrar que los años no pasan.
Precisamente porque sabe que pasan, quiere prepararse para ellos.
Quiere conservar movilidad, sentirse funcional, continuar enseñando artes marciales y poder seguir haciendo durante mucho tiempo las cosas que forman parte de su vida.
Actualmente se siente menos cansado, ha recuperado movimientos, está ganando movilidad y ha conseguido romper algunas de las barreras que había construido alrededor de su lesión.
Todavía queda camino.
Y no parece preocuparle.
Después de más de 40 años practicando artes marciales sabe mejor que nadie que aprender no consiste en llegar cuanto antes al final.
Consiste en seguir avanzando.
Quizá por eso, cuando habla de lo que ha supuesto incorporar la calistenia a su vida, vuelve a una idea muy sencilla: le ha dado un espacio para cuidarse, desconectar y encontrarse consigo mismo.
Entrenar hoy para seguir siendo capaz mañana.
A veces, un objetivo tan sencillo como ese puede cambiar por completo nuestra forma de entender el entrenamiento.
